LA NUEVA VACUNA. UNA REFLEXION.

La realidad a la cual nos está abocando el coronavirus ha llegado hasta un límite insospechado. Se calcula que existen en todo el mundo más de 53 millones de casos confirmados en apenas tres cuartos de año en los que se lleva expandiendo. Una verdadera locura que, hasta ahora, no ha tenido un remedio claro y evidente (exceptuando algunos retrovirales).

Junto con una vacuna rusa anunciada hace unos meses, el descubrimiento que más titulares acapara al respecto es la fórmula desarrollada por la empresa Pfizer. Su preparación anuncia una eficacia superior al noventa por ciento, suficiente como para que gobiernos en todo Occidente la acepten como válida, cara a una posible vacunación masiva.

En el caso de España la adquisición se efectuará a través de la Comisión Europea, que ya le ha adjudicado cerca de 30 millones de dosis. Aunque la cantidad exacta todavía tendrá que estimarse, será suficiente como para prevenir (en teoría) la expansión del virus en todo su territorio.

No se trata tanto de vacunar a todo el mundo, como de evitar el efecto expansivo que ésta pandemia está provocando en localidades de todo el planeta. En cualquier caso, aparentemente, se trata de una buena noticia que está llenando de júbilo las bolsas mundiales, con precios de cierre situados a niveles históricos.

No obstante, cabe decir que el noventa no es el cien. Las vacunas son un instrumento poderoso cuando llega el momento de luchar contra enfermedades grupales, pero también nocivo, si resultara que su fórmula adoleciera de fallos que le llevaran a desarrollar efectos secundarios imprevistos (y también peligrosos) en el cuerpo del paciente.

¿Se debería proceder a la vacunación de las personas afectadas sin al menos un noventa y nueve por ciento de eficacia? ¿Nos estaremos precipitando? Si bien el número de muertos está creando (con razón) una sensación de psicosis colectiva, debemos tener en cuenta que apremiar el uso de una solución como la de Pfizer puede llevarnos a riesgos imprevistos si ésta no concluye completamente sus ensayos con el máximo de efectividad.

Se sobreentiende que la empresa está muy experimentada en éste terreno y que logrará encontrar la solución para nuestros males. Pero nunca fue bueno apresurarse. Tal vez fuera necesario esperar un poco hasta obtener el cien por cien de seguridad para su venta y distribución, en todo el mundo. Hay muchos intereses en juego, pero el riesgo de una catástrofe sanitaria mayor puede ser peor para la compañía que el hecho de perder, incluso, la exclusividad del descubrimiento.

Esperemos que se impongan los criterios médicos más racionales posibles, al momento de tomar una decisión que nos afecte a todos.

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